Anzoátegui

Razón de nuestra alegría pascual (1), por monseñor José Manuel Romero Barrios

Por los caminos. Razón de nuestra alegría pascual (1)

A lo largo de la cincuentena pascual ( sábado 30 de Marzo –Vigilia Pascual- hasta el Domingo 20 de Mayo-fiesta de Pentecostés-) en los templos donde se reúnen los fieles resuena con entusiasmo el canto del Aleluya, expresión de júbilo y de felicidad. ¿Por qué? Porque Cristo resucitó.

La resurrección del Señor Jesús constituye el núcleo básico de la vida de los creyentes y de la Iglesia. Sin fe la resurrección es absurda. Lo afirma el apóstol San Pablo: “si Cristo no ha resucitado es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe” (1 Corintios 15,14). O bien: “si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los hombres más dignos de compasión” (1 Corintios 15,19).

Ahora bien, para el hombre moderno es verdadero y real lo que es objetivamente comprobable. Es histórico lo que puede ser comprobado y conocido. En este sentido, la resurrección no es un “hecho histórico” comprobado. La tumba vacía puede significar muchas cosas, pero la resurrección como tal no es comprobable históricamente. Se constata únicamente la fe pascual de los discípulos.

Por la fe en la resurrección, el grupo de los discípulos se transforma en un movimiento religioso, cuyo centro es Jesús El Mesías resucitado y vivo. Los primeros discípulos, por creer en el Resucitado, se distancian y separan del judaísmo, del que finalmente son expulsados. Por otra parte, los discípulos tienen una experiencia profunda y compartida por muchos y repetida en circunstancias diversas.

Todos los escritos del Nuevo Testamento hablan de la resurrección de Jesús y de la resurrección de los muertos en unos cuarenta pasajes. Es bueno recordar que los pasajes de los evangelios sobre la resurrección se escribieron treinta o cuarenta años después de alimentar la esperanza, extraer consecuencias de cara a la vida cristiana y celebrar este gozo en la liturgia.

Los seres humanos sentimos un intenso deseo de vivir, de llegar a ser lo que soñamos profundamente, de realizar nuestros proyectos, de que llegue una nueva sociedad, pero estamos limitados por nuestro cuerpo, nuestras ambiciones y nuestra búsqueda de seguridad, poder y dinero. Hay, sin embargo, algo hondo que no se resigna al fracaso, un anhelo de vida total, de victoria sobre la muerte, de triunfo definitivo.

Frente a la muerte surgen diversas actitudes. Para la filosofía platónica, por ejemplo, lo más importante del ser humano es el alma. Este pensamiento supone la distinción entre cuerpo y alma, que no comparte la antropología bíblica, para la que el ser humano forma un todo, una unidad. Otros como los agnósticos, viven pacíficamente en la finitud, no necesitan más, no echan de menos a Dios (Tierno Galván). No faltan los que se rebelan ante la muerte “por dignidad personal” (Ernest Bloch) o por una “sed de durar” (Miguel de Unamuno). Lo expresa lapidariamente Bloch: “nadie muere creyendo que se muere del todo”. También existen lo que no se plantean nada. Algunos aceptan estoicamente esta vida que acaba con la muerte. Otros piensan que hay un “más allá” o un “algo” después de la muerte, difuminado e inconcreto. Los hay que aceptan la reencarnación o la transmigración de la almas.

Los cristianos confesamos en el Credo que esperamos la resurrección de los muertos.

15/04/18

+José Manuel

Razón de nuestra alegría pascual (1), por monseñor José Manuel Romero Barrios
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